Texto leído por Liliana Weinberg en la presentación de “El cazador de historias” de Eduardo Galeano

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Fiesta del Libro y la Rosa, sábado 23 de abril 2016

Estamos ante un cazador de historias que paradójicamente, lejos de perseguirlas para atraparlas, las busca para contarlas bien y rescatarlas del circuito de la información o del olvido para a su vez restituirlas al circuito de la sorpresa y la narración. “Camino y en mis adentros las palabras caminan también, en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar… Las palabras viajan sin apuro… Las palabras caminan latiendo… en algunas lenguas caminar y corazón tienen la misma raíz”. (211).
Las historias que nos esperan hablan de las luces y las sombras de la condición humana y lo hacen como una modesta proposición pronunciada desde un oculto mirador instalado a la orilla de un río escondido, que tanto puede ser el lugar del cuentacuentos popular como la mesa del café donde se charla, se descompone y recompone el mundo con los amigos.
Estamos ante una edición primorosa, un libro que es homenaje al quehacer del libro, en cuya portada nos recibe el monstruo de Buenos Aires, reproducción de un sacerdote-viajero francés de principios del siglo XVIII y en cuyas páginas interiores se van deslizando, en diálogo con el texto,  los “collages” pergeñados por Eduardo Galeano a partir de muestras del arte popular y de escuela: artistas anónimos y renombrados se conjugan en una serie de grabados que amenizan nuestro camino de lectura, en una edición que nos recuerda La feria de Arreola ilustrada por Vicente Rojo.
Se trata –lo sabemos—de un libro de edición póstuma, en rigor de un último libro en que el propio escritor había alcanzado a trabajar con cuidado artesanal, hasta dejarlo casi listo. Como anota Carlos Díaz en el comienzo del libro, Galeano alcanzó a dejar prácticamente listo este último libro suyo y a él se añadieron algunos textos que el propio autor llamó “Garabatos”, en nueva reunión de palabra y pintura. Varios de estos garabatos se ocuparon de la muerte, y aparecen al final del camino del texto.
Es así como a este núcleo básico, agrupado en “Molinos de tiempo”, se añadió una última sección, “Los cuentos cuentan”, integrada por una serie de “garabatos”, las últimas piezas que escribió, muchas de las cuales tenían ya como tema la muerte: En efecto, la presencia de la enfermedad, la asfixia, la muerte, se desliza en páginas como “El zapatazo”, “Última puerta”, “Pesadilla”, donde el lema “prohibido aflojar” parece ser el de los últimos años de la vida del escritor (p. 251). “Qué raro, ¿no? –declara el protagonista de su texto “Última puerta”– La muerte me daba miedo. Ya no. Ahora, me da curiosidad. ¿Cómo será? Y preguntando cómo será, se dejó ir, muerte adentro” (250).
Aunque el texto de cierre es en verdad claro y luminoso. Se llama “Quise, quiero, quisiera”, y en él retoma el “Canto de la noche” del pueblo navajo para decir, en invocación laica:

“Que en belleza camine.
Que haya belleza delante de mí,
y belleza detrás
y debajo
y encima
y que todo a mi alrededor sea belleza
a lo largo de un camino de belleza
que en belleza acabe”.

La obra nos entrega además, en su sección “Prontuario”, varios recuerdos y reflexiones en torno a la tarea de escribir. Las retomo yo misma para ir hilando mi presentación. “Hace ya unos cuantos años, en el semanario Marcha –recuerda– mucho aprendí de Carlos Quijano”, quien al escuchar las promesas de campaña de tantos políticos comentó, sentencioso:”El único pecado que no tiene perdón es el que peca contra la esperanza” (228)
Remontémonos a Uruguay, el Uruguay de Galeano: Años de educación laica, de estabilidad económica, de crecimiento de la clase media, de estímulo a la lectura, de fortaleza en los programas educativos y en las instituciones democráticas, de sana curiosidad por la cultura universal — quebrados todos, abruptamente, en 1973, por la dictadura militar, la crisis económica, la persecución a las voces críticas, el silencio  y el obligado exilio– habían logrado hacer del Uruguay un lugar donde se extendieron esas raras especies en vías de extinción que llamamos espacio público y opinión pública: un espacio de alta densidad intelectual que entregó al mundo una nueva forma de periodismo, forma que llevará para siempre el sello uruguayo: el periodismo crítico de altura intelectual convertido en diálogo de entendedores y en forma de la intervención cultural y de la militancia política.
Ese momento de esplendor en la consolidación de un espacio público fue también el de ese sector culto, curioso, inteligente y crítico, que asociamos con el semanario político-cultural Marcha. Y con las calvas sesudas de Carlos Quijano, Julio Castro, Arturo Ardao, Carlos Real de Azúa, Ángel Rama, Juan Carlos Onetti y Eduardo Galeano. Por eso dice Galeano: “Y por suerte nunca falta algún amigo que me dice que siga escribiendo nomás, que los años ayudan y que la calvicie ocurre por pensar demasiado y es una enfermedad profesional. Escribir cansa, pero consuela” (236).
Eran los ya avanzados años sesenta, los años del boom, los años en que la lectura se había vuelto un arma de combate entregado a un público lector demandante, expectante, ávido de palabras, integrado por estudiantes, militantes, cronopios y, en general, lectores que habían hecho de la palabra una forma de la militancia y la oposición crítica, que tomaban esas claves lectoras para entender las complejidades,  dar voz a los procesos, indagar los arcanos del crecimiento urbano, ahondar los prodigios estéticos y en general cultivar y multiplicar la lectura crítica. Tuvimos ya desde entonces y desde el Uruguay toda una generación de disidentes, en un amplio registro que iba de los indignados a los imaginadores.
Sin duda uno de los mejores y más exquisitos frutos del cruce entre defensa del espacio público, periodismo de altura, lectura inteligente, imaginería literaria, recuperación de las tradiciones culturales del ancho mundo, consolidación de las ciencias sociales y curiosidad universal sea la prosa de Eduardo Galeano. Y lo seguirá siendo mientras los lectores reconozcan sus guiños, sus rezongos, sus celebraciones.
Ejemplo soberbio de esta rara especie producida y cultivada desde el Uruguay resultó en efecto la voz de Eduardo Galeano, cuyas Venas abiertas de América Latina (obra publicada en 1971, cuando contaba con 31 años de edad y que como recuerda fue paradójicamente salvada del olvido por los censores y represores que la persiguieron), resultó ser un particular afluente de esa amplia corriente que fue la nueva novela latinoamericana y que constituyó un manual de lectura obligatoria para todo un sector de la izquierda a la que ayudaron a indignar). Las venas abiertas se publicó, reitero, en 1971, en el exacto año en que la utopía de los sesenta se vio desplazada por la oscuridad de los setenta y la sensación de esperanza cedió su sitio al dolor de la persecución y la muerte de personas y proyectos.
Galeano fue configurando a partir de allí una particular forma discursiva que culmina en una excelsa forma del periodismo y la narración contundente, y en la que confluyen la prosa inquisitiva e incisiva del ensayo político, la capacidad nombradora y la voz comunitaria de cantores y recitadores populares, el gusto por contar historias y la eficacia narrativa que nos heredó el boom, el estilo conversacional que tendrá siempre olor a café y ese idiolecto tan peculiar de las redacciones y las salas editoriales, que estará siempre impregnado de olor a tinta, el ruido de la máquina de escribir que marca la condensación y el golpe certero del artículo periodístico, la mirada analítica y el lenguaje de la crítica política y las ciencias sociales.
Tal vez, analizando la obra de Galeano con nueva perspectiva, sean acaso los tomos y tomas de la Memoria del fuego aquellos que mejor representen su mirada y estilo de los años de madurez en que encuentra un decir característico. Y uno de los rasgos más relevantes en esta nueva perspectiva posterior a Las venas abiertas de América Latina será precisamente la apertura del gran angular de su mirada a otras regiones del mundo y otras experiencias culturales.
Lo dice el propio Eduardo: Mi trilogía Memoria del fuego nació de un poema de Konstantino Kavafis. Leyendo al gran poeta griego de Alejandría, me sentí desafiado: ¿por qué no asomarme al universo por el ojo de la cerradura? ¿Por qué no escribir el tiempo pasado contando la historia grande desde la historia chica…? (223)
Todo eso es Galeano: un Galeano que, como lo prueba esta obra póstuma que hoy presentamos, y que retoma el quehacer de Memoria del fuego, la salvación del fuego,  ha hecho de la crítica una forma más de la seducción y de la seducción por la palabra una forma insospechada de la crítica. Se trata de un escritor en movimiento, de un cazador, de un cosechador de historias, y debemos subrayar que las páginas que componen El cazador de historias se apoyan en datos ciertos y verificados: tan increíbles como puedan a veces parecer, como el caso de Samuel Ruiz, que nació dos veces (p. 49), o el impresionante caso de Jorge Falcioni, que “murió dos veces” (p. 50). Y qué decir de Lal Bihari, el hindú que la burocracia de Utar Pradesh dio erradamente por muerto el día en que nació, y que tras años de luchar por demostrar su existencia acabó convertido en fundador de una “Asociación de muertos” que ocupó toda su vida. Casos y cosas de la gente común, de los amigos, de ilustres conocidos o ilustres desconocidos de cuya presencia tendrá noticia a través de una tercera voz.
Y sus pequeñas muestras de grandes relatos, grandes registros que son patrimonio de todos. Le atraen mitologías y leyendas del mundo entero en que el sol y la luna se abrazan o se rechazan, en que el mundo es hijo del encuentro de silencio y sonido, día y noche, oscuridad y colores, como el hijo de Tezcatlipoca. Le atraen también los frutos y los rasgos de las distintas culturas del mundo, en una exaltación de la diversidad prodigiosa de respuestas que el ser humano ha dado a la búsqueda de sentido: “En el África negra, las máscaras son las caras verdaderas. Las otras caras esconden, las máscaras delatan”. “Cada uno es más que uno, y las máscaras no saben mentir” (p. 100). Recupera también datos recogidos por cronistas e historiadores de Indias, y al hablar de Yucatán se apoya en lo dicho por el Inca Garcilaso de la Vega: Los españoles entendieron Yucatán cuando los indios dijeron Tectetán, esto es, en su lengua, “No te entiendo”.
Así, a veces, además, las historias que el orden de las páginas han hecho vecinas se van a su vez entretejiendo, como es el caso del tejedor chiapaneco de sombreros de palma (154), cuyo caso se trenza con el de los tejedores de dogón.

Las telas y las horas (155)
A pleno sol hila y teje el pueblo de dogón, en la república africana de Mali.
Las telas, alimentadas por la luz, brillan y ríen. Sus autores las llaman palabras.
En cambio, son calladas y oscuras las telas hijas de la noche.
Nadie quiere tejer después del crepúsculo. Al irse, el sol cierra las puertas del cielo, y quien teje corre peligro de quedarse ciego.

Y si le atrae la cara luminosa del ser humano, no deja por ello de denunciar las miserias, las injusticias, los despropósitos y detritus de historias que fueron arrojando tanto ayer la violencia de la conquista como hoy la expansión del modelo capitalista. Humillados y ofendidos, marginados y olvidados son legión que desfila también por estas páginas, en una especie de memorial de agravios, para que se guarde memoria.
En efecto, en sus páginas desfilan piezas de la memoria, muestras de valentía cívica, semillas de identidad, mientras se consigna ya la indignación ante violencias e injusticias, ya el deslumbramiento ante la que es, a pesar de todo, la grandeza del mundo.
Le atraen las sentencias sabias de los viejos (Sabidurías, p. 117), como las observaciones geniales de los chicos. Los defensores del maíz que consideran que “La memoria es nuestra semilla principal. Porddesamor al maíz, ya no sabemos de dónde venimos”, o el viejo sembrador nostalgioso que concluye “Ya no sabemos leer las señales de la lluvia, de las estrellas, de la finura del aire”. El campesino de Ourense que, tras escuchar una lectura de Galeano, le dijo “Qué difícil ha de ser escribir tan sencillo”. (224). Y las frases de una niña de cinco años: “¿Por qué encendiste la luz, mamá? ¿Por qué apagaste la luz de la oscuridad?” o “¿Sabés una cosa? Yo siempre quiero estar donde no estoy” (197).
La sección “Prontuario” guarda algunos secretos de su vocación y del modo de ejercer el oficio de escritor. “Escribir cansa, pero consuela” (Calvicie, 236).
Y qué decir cuando encuentro, desde las primeras páginas, nada menos que a mi propio hermano, Daniel Weinberg, quien vive en Uruguay y es evocado por Carlos Díaz en cuanto participó en la edición del libro, de inmediato protagonista de la dedicatoria de Eduardo, y por fin en la página 156, convertido ahora en protagonista de una primorosa historia: Daniel va en busca de una imagen del Cristo carpintero. A lo largo de los años Daniel va confirmando que rara vez aparece una representación de Cristo ligada al gesto humano del trabajo. Y por fin lo encuentra, milagrosamente, en una talla de madera hecha en Oaxaca.
Este ejemplo que acabo de parafrasear es buena muestra de lo que en realidad busca este cazador de historias: no sólo reunir tesoros de viaje, no sólo recoger testimonios del quehacer humano, con sus luces y sus sombras, sino también alcanzar, a través de ellos — humano, demasiado humano–, estos portentosas iluminaciones del sentido fruto de la confluencia entre azar y necesidad que Joyce denominó epifanías. Hurgar en los casos particulares para encontrar gozos y experiencias compartidas que se saborean en cuanto particulares y anclados en la tierra, nuevos exempla a lo humano (no a lo divino), que como tales son a la vez típicos e irrepetibles.  Galeano dio con el secreto de la celebración del mundo por la lectura y por eso sus lectores, que aparecemos en el libro, lo seguimos celebrando: Para que sepas, Eduardo, lo vivo que estás.  
Diré para terminar que algo tiene el modo de narrar de Eduardo Galeano de corolario del boom. Y que encuentro cierta afinidad entre la maleta en que el gitano Melquíades introducía sorpresas y maravillas en Macondo: hielo, imán, astrolabio y otros portentos, y la maleta que lleva este cazador de historias llamado Eduardo Galeano. Ambos mueven lo mejor de nosotros: curiosidad, contento, dolor, imaginación, como motores que nos despierten a nuestra condición humana.
Encuentro también notables similitudes entre ese extraño modo de circulación antieconómica propiciada por los pescaditos de oro que Aureliano Buendía cambia por monedas de oro que serán a su vez derretidas para poder seguir haciendo pescaditos de oro, y el sistema del don e intercambio de historias instaurado por nuestro cazador de historias, que él nos cuenta para hacernos saber que todos contamos.

Eduardo Galeano, El cazador de historias, México-Buenos Aires, Siglo XXI editores, 2016. (Biblioteca Eduardo Galeano).