LA VIDA LETRADA PORTEÑA ENTRE 1860 Y EL FIN-DE-SIGLO. COORDENADAS PARA UN MAPA DE LA ELITE INTELECTUAL

Paula Bruno

En Memorias de un viejo, Vicente Quesada destacaba que, a raíz de la llegada de Juan Manuel de Rosas al poder, toda una generación con intereses intelectuales se había visto postergada e imposibilitada de proyectarse en el mundo cultural. Apuntaba al respecto:
“En tiempos anteriores había estímulos y recompensas para los estudiosos, en esa época solo había penurias […] En el tiempo a que me refiero las liras estaban mudas, o eran mediocremente pulsadas para cantar melancólicamente […] No había ni medios para instruirse. La Biblioteca Pública no tenía libros modernos: los diarios extranjeros circulaban con dificultad, no había ocasión para suscribirse a las revistas europeas ¿Qué hacer en esos tiempos sin esperanza?”.(3)
La cultura parecía haberse marchado al exilio con los emigrados unitarios ligados al rivadavianismo y con los más jóvenes letrados que conformarían la Generación del 37. Como es sabido, los intelectuales de la llamada Nueva Generación vivieron y dieron forma a sus ideas en los escenarios geográficos que los acogían, como Montevideo y Valparaíso, entre otros. En esas tierras de exilio nacieron obras que luego serían textos fundacionales para la historia argentina; basta mencionar como ejemplos el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento y las Bases de Juan Bautista Alberdi.
Un universo cultural desdoblado, entonces, se dibujó en la época de Rosas. Si puertas adentro la cultura estaba atravesada por los ritmos del rosismo, en los que “todo anunciaba que la vida intelectual y libre estaba de duelo, amordazada y estigmatizada”,(4) en las ciudades de acogida de los hombres del exilio, germinaba la semilla cultural de la futura nación. Aunque figuras de tiempos rosistas realizaron una serie de aportes a la cultura –siendo el caso paradigmático el de Pedro De Angelis y su Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata–, quedaba claro que el estigma del rosismo las convertiría en controvertidas o poco memorables. Fue el clima de anti-intelectualismo reinante el que (5) tiñó los años rosistas.(6)
La mirada de los contemporáneos de la experiencia rosista, como la de Vicente Quesada, fue reforzada por otros destacados hombres de cultura que aparecieron en escena más tarde. Pensando en la vida intelectual argentina, José Enrique Rodó, por ejemplo, destacaba que la “generación que llegó a la juventud bajo las sombras de la tiranía de Rosas” fue expulsada de la vida nacional, a la vez que se la perfilaba como (7) la generación natural de relevo, una vez clausurado el rosismo. En el mismo sentido, Roberto Giusti propuso una semblanza sobre el despliegue de la vida cultural argentina destacando: “la línea del desarrollo cultural argentino se quebró durante veinte largos años […] para trazarla hay que seguir a la generación de los emigrados, quienes en Chile, en Montevideo, en otros lugares de América, o en Europa, se adiestraron en lasartes del pensamiento libre y prepararon el cemento para reedificar la patria soñada”.(8) Siguiendo estas claves interpretativas y otras afines, se generó un consenso interpretativo al señalar que el regreso de exiliados los posicionó de manera efectiva en el centro del desierto cultural –y político– que el rosismo había legado en tanto depositarios de la esencia nacional argentina.
La bibliografía que estudia esta etapa de la historia del país, por su parte, coincide con los contemporáneos y los hombres de las generaciones posteriores en sostener que la cultura en tiempos del rosismo atravesó casi un medioevo y en afirmar que si se debe buscar una trama de continuidad entre la cultura pre y post-rosistas, debe pensarse que los depositarios de esa cultura fueron los exiliados.
No es una novedad que la caída de Juan Manuel de Rosas inauguró un nuevo capítulo para la historia del país en general y para la cultura en particular. La nueva configuración espacial de la actual Argentina y la bifurcación de caminos de Buenos Aires y la Confederación marcaron una etapa en la que las oportunidades culturales fueron múltiples. Una vez más se dibujó cierto desdoblamiento, sólo que esta vez no había un “adentro” rosista y un “afuera” depositario de la cultura y opuesto al rosismo. Ahora, la Confederación y Buenos Aires organizaban sus espacios culturales de manera paralela.
En el espacio geográfico de la Confederación se dio forma a proyectos de envergadura como el Colegio del Uruguay y el Museo de Paraná. En ellos, hijos del país y extranjeros, como Alfred Marbais Du Graty, Augusto Bravard, Albert Larroque y otros, organizaron instituciones de la cultura. Buenos Aires, por su parte, fue escenario de homologables renovaciones. Ahí estuvieron German Bumeister a cargo del Museo Público, Eusebio Agüero en el Colegio y Seminario Eclesiástico –también llamado Colegio y Seminario de Estudios Generales-, Paul Mortá como mentor de la Librería del Colegio, entre otros. Estos emprendimientos renovadores, en los que convivían (9) proyectos individuales con intenciones estatales, mostraban que la cultura era un espacio en el que todo estaba por hacerse, como el país mismo. Los tiempos de la llamada Organización Nacional, abiertos con la presidencia de Bartolomé Mitre, por su parte, dieron un nuevo impulso a la configuración de una cultura de rasgos novedosos, en los que decantarían algunas de las experiencias generadas en los años inmediatamente posteriores a la caída de Rosas y surgirían nuevos emprendimientos.
Definir una constelación intelectual no resulta, en general, una empresa sencilla. Por su parte, caracterizar la vida intelectual hacia 1860 presenta desafíos adicionales. En las décadas comprendidas entre mayo de 1810 y la consolidación del rosismo pueden reconocerse y caracterizarse espacios de sociabilidad de manera relativamente precisa e incluso elencar a las figuras del círculo letrado porteño–piénsese en la Sociedad Patriótica y los hombres de la revolución, en la Sociedad Literaria de Buenos Aires y el grupo rivadaviano y en el Salón Literario y la Generación del 37. Sin embargo, hacia la década del sesenta del mil ochocientos, identificar a un (10) solo grupo o describir un único espacio de sociabilidad intelectual preponderante no es posible. De este modo, si se confrontan los años post-1860 con los decenios anteriores, salta a la vista que la novedad central de esta etapa es la apertura de una multiplicidad de zonas culturales en el ámbito porteño.
Mientras el Estado se consolidaba y la sociedad se complejizaba raudamente, la vida cultural porteña se diversificó de manera notable. Por lo tanto, para pensar en una elite cultural en las décadas que se dibujan entre 1860 y fines del siglo XIX las posibilidades de trazar escenarios son varias. Elegimos aquí algunas dimensiones para acercarnos a un mapa en el que los hombres de letras podían desplegar sus tareas intelectuales.

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